Zape junior.

Con unos 6 años fue abandonado para morir solo, tirado por ahí como un perro. ¡Maldita frase!

 

Sabíamos que estaba grave y que su final sería que muriera, nos dio igual. Durante 3 semanas peleamos por él y su leishmania galopante, le dimos un amor incondicional, calor y cuidados hasta que Zape no pudo más y se rindió.

 

Era un ser grande en un cuerpo pequeño, frágil, tierno, con una mirada my humana.

 

Hizo bien su trabajo: abrir ojos a no abandonar a tu amigo cuando esté enfermo.

 

Fue poco tiempo el que lo tuvimos y a la vez días maravillosos llenos de los sentimientos más puros entre seres vivos.

 

Rompimos y demostramos que no creemos ni compartimos la frase típica de nuestro lenguaje humano: morir solo como un perro.

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